En la década de 1970 se descubrió de forma casual que las aves no ven como los seres humanos. Se descubrió que son sensibles a la luz ultravioleta y no sólo las aves cazadoras nocturnas, sino también las que desarrollan una notable actividad durante las horas del día. Se descubrió que, incluso, algunas especies de estos animales salvajes alados podían tener mejor visión ultravioleta que la que los humanos consideramos como visión convencional.

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Nuestra visión / Visión de las aves.

Nuestra visión / Visión de las aves

Así, no resulta difícil imaginar que a la hora de encontrar su alimentación, en el momento de elegir pareja, canarios o loros, sin ir más lejos, puedan valorar variables, matices de tonos, en plumajes, que están vedados para nuestros ojos y que pueden ser una diferencia notable para la supervivencia de las aves, tanto como animales salvajes, como domésticos.

Los estudios etológico posteriores sobre los patrones de los colores ultravioletas visibles para las aves mejoraron y se diversificaron en tanto que la tecnología de las cámaras se abarató y muchos investigadores y universidades pudieron disponer de ella.

Los espectrofotómetros revelaron que algunas especies de aves en las que, a simple vista, no muestran diferenciación de coloración en el plumaje de machos y hembras, sí lo eran y mucho, cuando marcas distintivas se hacían más evidentes al observarlas a través del ojo tecnificado de la luz ultravioleta. Justo allí donde el animal ofrecía un patrón de movimiento más acusado, en las cabezas o en las plumas de las alas.

El aprovechamiento de estas técnicas de escaneo de los plumajes echó por tierra el trabajo de hasta dos siglos de convencionalismos en cuanto al dimorfismo sexual, la diferenciación cromática de los sexos por color. Al reevaluar las tonalidades bajo la luz ultravioleta, se descubrió que las diferencias estaban ahí, sólo que no las veíamos.

Una manera práctica de emplear esta herramienta de visión avanzada en los animales salvajes podría ser para los biólogos la utilidad de reconocer los huevos propios en los nidos abiertos o en los que se da una concentración de aves y puestas. Los padres sabrían reconocer sus huevos gracias a su visión ultravioleta.

Se han hecho experimentos en los que se incluía colocar huevos con colores exactamente iguales en nidos de canarios, de loros y de otras aves, que fueron rechazados invariablemente por sus progenitores porque no reconocieron sus patrones de tonos bajo el espectro UV.

Los padres reconocerían, además, otra variable el tamaño de la abertura del pico de sus crías en el nido mientras son alimentadas. Y lo serían por los brillos ultravioletas que les reconocen. Cuanto más se abren las bocas, más evidentes son las marcas ultravioletas de los picos. Éso equilibraría el aporte de nutrientes durante el proceso de alimentación para todas las crías de la pollada.

Aún más, los parches de color fotosensibles a la luz ultravioleta suelen ser menos extensos en los polluelos cuyos huevos eclosionan primero en los nidos, menos que los de sus hermanos que se incorporan más tarde al proceso de alimentación de los padres. Las crías que han empezado antes tienden a ser más fuertes que sus hermanas más tardías, algo que, de no existir una medida correctora natural, abriría más la brecha entre el desarrollo de unos y de otros.

Los destellos ultravioletas forman parte también del exoesqueleto y de la cubierta externa del cuerpo de algunos, si no la mayoría, de los insectos o de las bayas y semillas que son la base de la alimentación de las aves, de loros o de canarios, por ejemplo. Esta facultad les permitiría seleccionar su comida con mayor eficiencia.

Estudios aún más sorprendentes demuestran que algunas aves carnívoras descubren a sus presas a partir del rastro que dejan sobre el suelo que pisan que sólo se revela gracias a una visión ultravioleta que únicamente podemos ver a través de la tecnología de laboratorio con la que nos hemos dotado y que las aves disfrutan desde hace miles y miles de años. Naturalmente.

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