Hamsters y hurones son animales de compañia muy frecuentes en los hogares de este país. Y lo son porque son sencillos de cuidar, nos lo ponen fácil para cubrir sus necesidades y las tiendas de animales están llenas de comida variada para mantener en orden su nutrición y su salud.

El habitat de los hurones

El habitat de los hurones

Otras de las cualidades de hamsters y hurones son sus afabilidades. Se dejan tratar, por supuesto dentro de unos límites, y hacen las delicias de los niños con sus cabriolas. A los niños pequeños, pero de cierta edad, se les puede incluso responsabilizar en sus cuidados, algo que los ayuda a madurar y a comprender el mundo que les rodea. Tal vez perros y gatos, mascotas más grandes, estén más alejadas de lo que esos niños pueden ofrecer. Hamsters y hurones tienen las necesidades y el tamaño justos.

Pero ¿y los hamsters? ¿y los hurones? ¿tienen algún tipo de afectividad? ¿son cariñosos? La respuesta más clara que podemos dar es que no, no en absoluto. Nuestro sentido de la afectividad está relacionado con una complejidad de nuestra psique que está lejos, a años luz de la de estos pequeños animales salvajes.

No, tienen en este sentido un comportamiento elaborado, no tienen conciencia, siguen sus hábitos, siguen su instinto que prevalece por encima de cualquier otra condición. Son animales y nuestro medio doméstico es para ellos un entorno natural con sus limitaciones y sus desafíos.

Sin embargo, eso no significa que no puedan establecer un vínculo favorable con su entorno, con nosotros mismos sus cuidadores que somos parte de ese medio doméstico. Para que nos entendamos, si a los hamsters o los hurones les proporcionamos comida en nuestra mano y la asocian con la seguridad de una alimentación lejos de todo peligro, no habrá ningún problema para que se muestren mansos, afables y colaborativos.

Que nos acepten como hurones o hamsters en un mundo de animales salvajes, el suyo, en el que nosotros somos parte de su sociedad. Nuestro comportamiento será entendido como el de hamsters y hurones.

Si nos fijamos bien, se trata de una interactuación mediatizada que se parece a la nuestra. Nosotros vemos a los hamsters o los hurones, más bien tenemos tendencia a verlos, como seres humanos siempre que podemos. Buscamos en esa confianza y dependencia que produce aceptación y cercanía las emociones que son parte de la interactuación entre humanos más socializada.

Eso no quiere decir que estos pequeños animales salvajes nos ofrezcan su aceptación de por vida. Sus niveles hormonales, no estar lo suficientemente alimentados, ser muy invasivos en su territorio, tocar su comida en un momento poco oportuno, padecer alguna enfermedad o dolencia, reaccionar instintivamente a olores, temperaturas o sombras que podamos producir pueden cambiar, mediatizar, momentáneamente o definitivamente esa relación y ponerlos a la defensiva.

A los hamsters, por ejemplo, se les puede ‘entrenar’ a acudir a nuestra llamada. Pero, siempre será un reflejo condicionado. Ya sabe, acción recompensa. No es cariño humano. Estos animales como la totalidad de la fauna que habita nuestro planeta sigue sus instintos que son algo así como la tarjeta de visita en la que se basa su contacto. Ellos definen su comportamiento.

Podemos aspirar a forjar un vínculo con hamsters y hurones que reconocerán nuestra voz y nuestros olores y hasta el tacto de manos y piel. Pero será una relación basada en la dependencia de quienes esperan comida, acogimiento y protección y nuestras expectativas humanas evolucionadas. En el punto medio, nos encontraremos hamsters, hurones y personas.

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